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lunes, 8 de enero de 2007

F(r)icción VI


¿Qué le ocurre maestro? Lleva unos días que no sale de si mismo.
¿Qué le aflige que se ha quedado mudo? ¿Qué hay que no conociera ya por sus libros?
¿Por qué esa cara de muerto en vida?

No me diga que a su edad se ha ido a enamorar. Nunca es tarde ¿verdad? Y después maestro, ¿qué ocurrirá?

¿Dónde se va el amor? Unas veces al cariño y la ternura. O quizá el cariño y la ternura son el amor mismo. Otras al resentimiento y al rencor. Pregunta por la calle, mira a la gente directamente a los ojos, escucha atento lo que quieran contar, fíjate en los que callan, hay formas de entenderlos, quizá por como miran. Hay un mundo más allá de los libros, sal y busca; o sal y espera, vendrá a tu encuentro ¿o vino ya?

Creí que aquello era una historia de amor, lo creí los primeros 300 días, que debe ser el tiempo mínimo que se debe dar a toda oportunidad de amar. Convencido de que el amor sobrevive a la distancia y al tiempo. Era lo nuestro algo de película. Vivido como si fuéramos el centro mismo del universo.

Hoy creo que todo fue una historia de desamor. La agonía lenta de toda esperanza. La caída libre desde la altura.

Tal vez sea ahora más sabio, tal vez solamente esté más triste. Ningún fracaso es peor que los del corazón. Para todo lo demás encontrará a qué aferrarse. El desamor solamente se cura amando.

El maestro lo mira, parece que reparara en él en ese instante. Como si recién lo descubriera. Entonces abre la boca:

- No sé que me dices. De ayer a hoy me he quedado sordo.

lunes, 11 de septiembre de 2006

F(r)icción V

"La maldita mano pendeja no le obedeció. No hacía falta, Antonio. Veía las estrellas brillantes de la noche que empezaba, veía la risueña cara de Tavito y se sentía joven otra vez."

La fiesta del Chivo - Mario Vargas Llosa


Último Septiembre


Leovigildo vigila la calle desde la silla de ruedas. Tiene 92 años, es enjuto y calvo, usa gafas y como observaría cualquiera al primer vistazo, está cojo. Perdió la pierna por encima de la rodilla hace muchos años, al menos 35, ha perdido la cuenta. Recuerda sin embargo que fue manipulando maquinaria pesada, colocando aquella pierna donde no debía, o no fue culpa de que su pierna estuviera en mal sitio, tal vez fue del amigo que pulsó el botón aquel en el momento más inoportuno. La verdad es que eso ya no le importa nada de nada.

Los niños pasean de la mano de sus madres por alrededor y se le quedan mirando a la pierna. En realidad al espacio que debiera ocupar la pierna que no está. Se le quedan mirando el pantalón que lleva doblado hacia arriba y sujeto con un imperdible. No sabe por qué le ponen un imperdible las enfermeras de la residencia. Piensa que podrían guardarle la pernera en el bolsillo, pero cree que lo dejan así porque no se doble demasiado el pantalón, porque así sin arrugas tiene mejor presencia. Bastante importará a estas alturas.

Cualquiera que lo viera diría que vive en una residencia pero no es del todo cierto. La verdad es que duerme y come en una residencia, pero vive en la calle. En la acera donde le ponen cada mañana, a la sombra los días de sol y en cualquier sitio los días con nubes. Allí le dejan a primera hora, luego lo recogen a la hora de comer y lo regresan al mismo sitio a primera hora de la tarde. Desde aquel lugar Leovigildo no ve más que coches de esta carretera, transitada a todas horas y personas que van de un sitio a otro y que no saludan, los más acostumbrados a verlo ya ni siquiera le miran la pierna que no tiene. De forma que su vida hoy es algo así como observar lo cotidiano, todo lo larga que es la calle y nunca más allá.

En realidad no se dedica solamente a observar aunque pudiera parecerlo, las más de las ocasiones, algunos días, se queda mirando fijo un punto de la calle pero tiene la vista perdida. Atenta a rememorar imagenes del pasado. Mirando hacia dentro en vez de hacia fuera. Como el que abriera los compartimentos secretos de la memoria para extraer unas cuantas fotos, entonces el recuerdo se hace tan vivo que pareciera acabado de vivir, como si fuera parte del pasado, sí, pero de un pasado reciente, como la fragancia aquella que quedó en el aire suspendida tras un paso fugaz.

Entonces le acompaña una forma de melancolía, y la melancolía se instala con él en la silla para no abandonarlo hasta coger la cama. Se lo llevan hacia dentro de la residencia, le hablan y ni siquiera escucha.


Todas las veces en que le sobreviene esa tristeza ha pensado en Gloria, su esposa que murió, lo sabe bien, un 12 de septiembre de hace 14 años. No es cierto que aquel día él muriera un poco, porque la vida que había tenido murió del todo. Arrancó a una nueva vida de la que nada o casi nada mereció la pena entonces, ni por supuesto la merece ahora.

Claro que tenía unos hijos que lo visitaban de cuando en cuando, por supuesto que sus nietos le abrazaban y le decían que le querían, pero en realidad aunque no lo fuera a reconocer nunca, nada de eso había consolado la soledad tremenda, el desconsuelo de hallarse de repente solo y sin esperanza. Aún alzaba la cabeza de cuando en cuando buscándola para comentarle alguna cosa. La gracia del niño, el vuelo de una paloma, preguntar por el nombre de aquel ¿cómo se llamaba? Vivía a dos manzanas del Parque Viejo.

Gloria es su pensamiento recurrente. El oasis al que vuelve. Como el que se asomara todos los días a un paisaje hermoso, porque es hermoso aunque no pueda tocarlo.


Sabía bien que lo mejor de su vida se había llamado Gloria. Eres lo mejor de mi vida. Se lo dijo a ella muchas veces porque esas cosas hay que decirlas. Y ella le sonreía y al devolverle esa sonrisa le estaba diciendo que él era lo mejor de la suya. Desde jóvenes le cogía la mano, se la quedaba mirando y le decía: No me abandones nunca. Ella lo miraba sin decir nada y con la mirada se lo estaba diciendo todo.

Alguna gente, la más afortunada conocía el amor. Algunos lo conocían a través de varias personas, otros a través de una sola, sabiendo en cada instante que nunca podrían sentir aquello, intensidad tan grande, por nadie más.

Leovigildo fue de estos últimos y se sintió feliz tantos años pensó que lo podría ser siempre. Aprendió que su amor por ella era invencible. Que no acabaría nunca, no desde luego desaparecida ella, pues a veces pensaba que ahora la quería aún más porque se le mostraba en toda su magnitud la falta que le hacía.

Sabía que el amor por ella no tendría fin. Que desaparecería tan solo con su propia muerte. Porque amar así era lo mismo que vivir. Amar era más grande aún. Su amor solamente se acabaría cuando él ya no pudiera sentir nada. Cuando ya no fuera nada.

Empieza septiembre. Los críos acuden a la escuela con sus mochilas llenas de libros y libretas. Los dían tienden a decrecer. Acaba el verano pero todo sigue más o menos igual. Leovigildo está en la acera, hoy sonríe más que otras veces. Se acordó de algo, sin duda.

viernes, 25 de agosto de 2006

F(r)icción IV

Relato para Annlea a propósito del tema: "Tiempo para recordar".



No olvidemos lo importante

Anado



A Pancracio Vila le ha salido una nueva sombra y no consigue espantarla. Le persigue desde el mismo momento en que le cercó la policia en el baño de un primero C de una pensión barata. Le cogieron con el pantalón por los tobillos y no pudo alzarlos hasta llegar a la acristalada habitación de comisaría donde le quitaron las esposas. Al bajarlo a la calle se le oía decir: "Por amor de Dios, dejen que me suba el pantalón" sin obtener respuesta.


Apenas 4 días antes Rogelio de los Santos no era una sombra. Era un empleado de banca recién llegado. Estaba en su semana de estreno. Un nuevo destino en un pueblo perdido entre dos ciuidades del oeste americano. Una oficina tan pequeña que él debía bastarse para todo.

Cuando le franqueó el paso a Pancracio Vila no sabía que sería la última persona que vería en su vida. No podía saberlo. Pancracio vestía con unos vaqueros algo gastados y un jersey de punto, venía recién afeitado y traía entre las manos un periódico de hace varios días, aunque a él ese detalle le pasara inadvertido. Llegaba como un forastero más que parara a tomar un café en el camino hacia algún lado. Por eso se sorprendió cuando Pancracio le encañonó con una pistola exigiendo todo el dinero.

Rogelio siempre tuvo agallas para todo aunque nunca madera de héroe. No perdió la calma, metió la mano en el cajón y pulsó varias veces un pequeño mando de un solo botón para que en alguna parte alguien viniera a rescatarlo. Al tiempo decía: "Esto ya es tuyo, te lo voy a dar ya mismo, pero tú tranquilo, no hagas ninguna tontería".

La cuestión es que aquel artefacto no estaba sonando en parte alguna simplemente porque no tenía batería que lo alimentase. El anterior empleado, felizmente instalado puede que en Seattle, llevó la pila un mediodía por haber agotado la de su despertador. Y sin despertador era casi seguro que quedaría durmiendo.

De forma que Rogelio quizá impaciente levantó un poco más aquel chisme ineficaz por si fuera un problema de pulsar con más fuerza o tal vez de cobertura, con tan mala suerte que fue a verlo con aquello entre las manos un Pancracio que había entrado a cara descubierta por no advertir el día anterior aquella cámara en lo alto de un rincón. Apreciar ambas cosas al tiempo lo pusieron tan nervioso que sin decir una sola palabra más ya le estaba descerrajando un tiro que le entró al otro por la frente como por un cristal para quedar alojada en algún sitio del interior del cráneo. Es posible que la bala tuviera fuerza solamente para una sola perforación o tal vez Rogelio tenía el hueso en aquella zona tan reforzado que de provenir la bala directamente desde aquella dirección tal vez hubiera simplemente rebotado. La cosa es que visto de espaldas más que muerto violentamente nada más parecía ensimismado en su pantalón o echando un pestañeo de sobremesa.

El hecho cierto es que Rogelio cayó como un muñeco de la silla y hacia delante. Sin duda impulsado por el repentino apoyo de su espalda contra el respaldo al recibir la bala. A Pancracio mientras tanto le habían entrado todos los males. Miraba hacia la cámara como un enano mirando las estrellas, con la frente perlada. Con el ruido del disparo en los oídos, con aquel jersey de punto, con el periódico deslabazado sin armas que ocultar. "Actúa rápido, actúa rápido" se decía.

Saltó torpemente el mostrador con la soltura de un jinete primerizo, pasando una pierna por encima, quedando tumbado un segundo para rodar cayendo al otro lado como un costal de arena.

Al alzarse fue él quien metió mano en aquel cajón.

¡Ná más esto! - dijo al comprobar que en aquel lugar había exactamente 221 dolares. Demasiado poco para tanto desperdicio.

La cuestión primordial era no entretenerse. Agarró aquella minucia y esperando que aparecieran al instante poco menos que el ejército o aquellos otros tan bien entrenados de los cuerpos especiales, puso tierra de por medio saliendo a la carrera. Dejó la puerta del banco abierta pese a que dentro aún funcionaba el aire acondicionado. Y siguió corriendo hasta llegar al final de la calle. Hasta la pensión donde lo arrestarían 4 días más tarde. Sentado en la taza del váter con el jersey arremangado por los codos, observando las venas de sus brazos, sin un solo pensamiento.

No entró nadie más hasta 74 minutos después. Un forastero que se hizo con un fajo de una cajón inferior, un dinero que luego no le fue reclamado por tenerse como probado que fue sustraído por Pancracio en el atraco. Fue él, este visitante inesperado el que alzó el teléfono para decir friamente a las autoridades que había un buen pastel en aquel banco. Con aquel pelele desmadejado, como intentando subir de la silla a la mesa sin tomar impulso. Le dieron las gracias y llegaron hasta allí, apenas 2 minutos les llevó cubrir la distancia. Tenían el coche aparcado un poco más allá, estaban tomando un café y unos dulces a la par que diciendo galanterías a una moza que reía sin parar diciendo: "No digas eso, no puede ser cierto". Y entre los compañeros por lo bajini: "Mira que está buena la jodida". Ganas de tanto para nada.

Pancracio fue arrestado y llevado hasta el vehículo policial con las dificultades de tener cinturón dejando rastro sobre la tierra. Con los calzones de primavera y sorbiendo los mocos del resfríado que venía incubando. Él creía que allí, en aquella fonda, estaría seguro. Estaba seguro de que habrían cerrado las carreteras y no habría tenido tiempo de escapar hasta perderse en la ciudad, pero sin duda era eso lo que las autoridades esperarían, como creer que se quedaría a apenas un puñado de metros de la sucursal bancaria. Por una vez él actuaba más sagazmente que toda aquella gente tan bien preparada.

El problema para él es que aquella cinta grababa de veras. Quedó su rostro retratado como una foto de carné, con los ojos insulsos de un niño al otro lado de un escaparate. Y en la misma oficina se fijó un cartel con aquellos ojos que miran la cámara preguntándose aún como no se fijó antes en aquel artilugio que podía delatarle. Como pasar por delante el día anterior y no haber observado aquel detalle. Ese detalle le habría quitado las ganas. Nunca habría entrado.


Fue aquello un juicio rápido. Una noche de jueves quedó visto para sentencia. Se puede condenar y condena, dijo con aire grandilocuente el presidente del jurado, a Pancracio Vila a la pena capital. Por homicidio, robo y asesinato dijo esbozando una sonrisa. El juez tuvo que intervenir para corregirle los cargos, aunque dio por bueno el veredicto pues en el fondo era lo justo, y todo juez debe aspirar a impartir justicia. Pancracio Vila se le quedó mirando con la misma mirada que quedara fija en aquella cámara. Parecía que mirara con las manos en los bolsillos pero no, tenía las manos esposadas y cogidas por un grillete a la cintura.

4 años tardó en hacerse efectiva la condena. Estuvo recluido todo aquel tiempo en una prisión de aquel Estado. Fue un tiempo no vivido, como el tiempo de un ratón que corriera cada día en la rueda metálica de su jaula. La noche anterior a que lo llevaran a la camilla donde administrarle narcóticos y veneno la pasó llorando. Empapó las sábanas y la almohada. Hasta el punto que un carcelero le preguntó acerca de qué ocurría. No podía su vida haber sido tan buena como para que perderla doliera tanto. Y era verdad que no había sido buena en absoluto, en realidad Pancracio Vila murió en el preciso instante en que la bala se alojó dentro de Rogelio de los Santos. Ambos murieron al tiempo. Rogelio porque nunca más volvió a abrazar a sus hijos, lo tuvieron que bajar de la silla, se quedó nada más como una lápida sin visitas. A Pancracio se le murió la vida que había tenido. Una vida de necesidades insatisfechas, con muchas carencias pero a su modo, y por pequeñas cosas sin importancia, bella. Al menos para él.

Pancracio ya no quería ni un día más de vida en aquella prisión. No quería ese tiempo prestado de la muerte. No quería aquella rutina que no servía para nada. Cuánto había lamentado aquel sol de aquel día. Aquellos pensamientos persistentes del "seré capaz de hacerlo". Aquellos sueños vagos de como sería su vida si fuera rico. Cuánto lamentó haber matado a Rogelio porque aquella muerte se convirtió en una sombra sobre su vida. Una sombra de la que no iba a poder escapar nunca. Ya no quería la vida que tenía, que le había quedado, y sin embargo era incapaz de dejar de llorar. Con desesperación, con desesperanza, estridente rabia de lágrima de uña contra pizarra.

¿Por qué lloras? ¿Tan bueno es lo vivido? - inquiría el carcelero.

- No ha sido bueno en absoluto, pero quiero más tiempo, necesito más tiempo aunque solamente sea para recordar. Para recordar que hubo otro tiempo, que todo fue de otra manera. Que fui otro... - cesan las lágrimas, mira fijo con la mueca de la mandíbula arrasada y continua:

-... que existió un pasado.

domingo, 22 de enero de 2006

F(r)icción III

Relato para Annlea a propósito del tema: "Lloverá para siempre".



A las oportunidades por presentarse.

Anado



Lloverá para siempre

Alonso acudió tras leer la convocatoria de aquella reunión en el periódico de un anodino miércoles, paso obligado hacia un viernes igual de anodino y es que se sentía desde hace tiempo un perdedor, por eso estaba allí.

Se podía leer en un cartel de la puerta "SOLO PERDEDORES". Era la última bala en la recámara para Natalia, psicóloga desde hace dos años cuando pensaba que podría ayudar a las personas más de lo que la habían ayudado a ella. Ahora nada más andaba desconcertada comprobando mes a mes que las facturas no se pagan solas, que agua pasada no moverá molino, y tuvo la ocurrencia de convocar para una sesión a perdedores, por ver si ella era capaz de cambiarles la suerte además de alimentar algo a su costa la escurrida cuenta corriente. Aquella gente tenía ya poco que perder y mucho que ganar, se dijo. Quizá mis años de estudio y todos estos libros vayan a servir al fin para algo.

Alonso se sentó y esperó turno para contar su caso. Lo hizo tras Nicolás y Bartolomé que anticipaba en su olor y apariencia que de dinero andaba escaso. Era lo que hoy se denomina un indigente, calificativo que había de acompañarlo hasta después de muerto apenas dos años después. Así en la puerta del supermercado las señoras acostumbradas a su rostro de templada desesperanza se habían de preguntar por su destino al echarlo en falta. Y una aclararía que había muerto unas noches atrás, caído en un callejón, liberado del frío de esta ciudad helada y con una mano en el calor del gastado bolsillo mientras la otra moría en un gélido charco a la vez que a Bartolomé se le paraba el latir de su encogido corazón de mendigo. Fue una noche sin noticias ni desayuno, la nocturna intrascendencia de un jueves cualquiera, pero es nada más el futuro a la vuelta de la esquina, lo que está por llegar y que hoy se ignora.

- El éxito se me escapó como lo hace el agua del río. Me quedé con lo puesto y entonces entendí que el fracaso no había sido aquel, la pérdida material de lo poseído, sino creer que aquello, el prestigio de los billetes, era lo más valioso. Mi fracaso fue equivocar la jerarquía de lo que importa.


Natalia escuchó todo aquello de la fortuna perdida en el juego y en mujeres de otro tiempo con un punto de impaciencia que fue creciendo hasta acabar en miradas suplicantes a Nicolás que fue el siguiente perdedor en tomar la palabra en aquel circulo de sueños rotos.

Tenía unos 60 años, era grueso y alto. Tenía la voz grave y hablaba mirándose las manos. Dijo que había perdido todo aquello en lo que había creído el día que su esposa Marga lo abandonó por alguien dispuesto a quererla menos. Toda su fe, todo el amor de tantos años se había esfumado con la llegada del individuo aquel, aparecido de la nada como un fantasma. Marga cayó rendida nada más conocerlo y se pasó las semanas en un estado de ensimismamiento, quedaba absorta primero para luego volverse esquiva, como un gato capaz de recordar las botas que lo patearon. Pero no recibía el daño de Nicolás aunque fuera él precisamente el olvidado, sino de aquel, Fidel vanidoso perfil del espejo, una mirada andante con un gran poder de seducción en medio de su declive. Toda la fe que tuvo, todo por lo que había luchado toda la vida, lo más seguro de este mundo de tantas cosas inseguras había desaparecido tras aclarar someramente que valía más el mal trato ocasional de aquel dandi envejecido que el cuidadoso esmero de un amor labrado en tantos años de grata compañía.
- Yo lo perdí todo. Nada me queda ya. Mi vida es un espejo roto donde me reflejo solo y sin esperanza.

Natalia tomó notas impaciente durante aquel discurso. Aquello era realmente sugerente, había logrado enlazar algunos de los casos escuchados hasta ese momento y eso haría sin duda mucho más interesante su intervención posterior. Además se le había ocurrido traer a colación los argumentos de aquel filósofo alemán, pero no recordaba el nombre. Miró hacia Alonso bajando la cabeza con los ojillos por encima de sus gafas de diseño. Suficiente para hacerle saber que podía empezar.

Alonso repasó los rostros que componían el círculo de anónimos rev(b)elados del que formaba parte y explicó que él era perdedor por haber perdido nada más que tres mil días, demasiado tiempo para cualquier vida. Eran días arrancados del papel de un calendario de propósitos insatisfechos. Los propósitos son a veces nada más que oportunidades que volaron al limbo. Sabía que estaba a tiempo de reconsiderar las cosas. A tiempo de hacer un borrón de aquellos errores que lo sumieron en un estado de perversa indiferencia. Sabía que podía empezar desde cero tomando cada traspié como un escalón desde el que escalar pero le faltaban ganas. Se había habituado a ver la vida como el espectador de una película en la que no quedan ya papeles de protagonista. Se acostumbró a llegar tarde a todos lados sin asomo de rabia o frustración. Acumuló con paciencia de coleccionista días perdidos en una rutina exenta de ilusión. Usurero de horas perdidas, días nacidos para ser arrojados directamente desde el amanecer a la noche a la convicción de que no servirán para nada, de que no había otro forma de vivirlos, de que la vida entera es un suceder de vacío contenido.
- Acostarse en la certidumbre de que el día vivido es solamente un pasatiempo sin valor ni importancia. Que ese día, como ayer, como será mañana, prescindibles todos, me hizo un hombre entregado. Incapaz de vencer miedos, incapaz de tomar el control, capitán de un barco a la deriva sin timón. Rendido al transcurso del tiempo como el condenado vive el día a día en una cadena perpetua.





Cae la tarde sobre la ciudad. Alonso camina despacio sin la prisa que asedia a otra gente, el sol se está poniendo sobre el parque. El cielo tomó el color anaranjado del ocaso y las nubes tienen la densidad del algodón atrapando los últimos rayos de luz. Hay un viejo sentado en un banco, podría llevar allí la tarde entera pero aún le quedan migajas de pan que arroja a las palomas que saltan acechantes de un lado a otro. Alonso se acerca y ambos se miran un segundo. Luego el viejo vuelve a las palomas y deja caer los últimos pedazos de un pan mustio y manoseado. Alonso alcanzado el banco, se sienta a su lado. Entonces lanza la pregunta al aire con la mirada perdida en alguna parte enfrente ¿Lloverá para siempre?

El viejo ni siquiera lo mira, hace un gesto con la boca y los ojos que podría significar, "es lo que hay" o quizá quien sabe bien, "vaya hermoso día es hoy".

lunes, 28 de noviembre de 2005

F(r)icción II

- A mí nadie me dijo que el camino estuviera jalonado de tantas dificultades.
- Pues que querías, estás vivo. Lo que ves es lo que hay. Espabila que todo cambia demasiado rápido.
- Nadie me dijo que no hay más que un único resultado.
- No, no lo hicieron, pero el trayecto hasta hoy es terreno conocido. Lo aprendiste con cada paso.
- Pero fueron nada más huellas en la arena, las borrará el viento; la onda circular de un canto arrojado a un estanque. Condenada a desaparecer.
- Como todo, abre los ojos. Te has ido construyendo hasta hoy mismo. La cuestión es que en el acierto o en el error no podrás parar quieto. Las dificultades son el escalón que te sostendrá entretanto las vences. Y vendrán otras...

miércoles, 9 de noviembre de 2005

F(r)icción I

- ¿Cómo quieres gustarme si no te gustas tú?
- De mi físico cambiaría esto, esto y esto. Y esto otro también. De mi carácter cambiaría eso que me ocurre cuando estoy rodeado de gente, eso que soy capaz de decir cuando pierdo los nervios, eso otro que tanto te molestó. Cambiaría muchas cosas, muchas, pero me gusto, puedo jurártelo. Soy todo eso y mucho más. Lo importante para mí es saber que piensas tú.