martes, 13 de febrero de 2007
lunes, 12 de febrero de 2007
miércoles, 7 de febrero de 2007
El cinturón
Bajo a correos cada dos días para llevar el correo de la oficina. Suelo llegar caminando, no está muy lejos, a menos de 10 minutos. Así fue todas las veces menos una. Resultó que ya tenía el correo contado y sujeto con gomitas, a punto de salir y atiendo a un paisano muy simpático que me dijo que bajaba hasta allí, que si yo quería podía acercarme en coche.
Por supuesto que acepté. Cogí el abrigo y marché con él hasta un Hyundai Matrix, que es algo así como un monovolumen.
Una vez dentro me pongo el cinturón de seguridad como manda la más elemental sensatez y estando en esas se me arranca con que él no se lo suele poner. Yo, por descontado lo reconvengo entre sus risas. Le digo que hay que ponérselo porque lo pueden multar, suelen de hecho, esperar agazapados; por no hablar de lo muy probado a estas alturas; es un medio idóneo para prevenir tener que atravesar los parabrisas del coche en caso de frenazo brusco, con el destrozo natural de los limpiaparabrisas que eso supone. Esto del limpia lo digo ahora, no atiné con razón tan convincente entonces.
La conversación siguió muy divertida pues el paisano me contaba que es que se pasa la vida haciendo recados de aquí a allá, y que claro... en parte hay que entenderlo. Además me decía que conoce a todos los policias del pueblin, y hasta los de los alrededores.
Pero lo mejor de todo fue cuando me cuenta que una de las veces lo paró la guardia civil. Le dicen que no lleva abrochado el cinturón y él dice que es verdad. Todo aquello de los recados que comenté antes. Entonces le pide el carné de conducir y lo entrega tan caducado como estaba. Yo me caía de la risa del asiento, gracias que me sujetaba el cinto.
El guardia se va hasta el coche, no sé si aguantando la risa él también o frotando las manos por lo que se avecina. Al llegar allí le presenta a su superior, no sé si en persona o a través del comunicador los datos del paisanete, y llegando en ese momento o saliendo del coche, o vete a saber si a través del comunicador aquel, magia entre seres tan distantes, el superior que era sargento de la guardia civil le dice a nuestro amigo que cómo se le ocurre circular en aquellas condiciones. Que cualquier día de estos le pilla un rapaz de estos jóvenes y lo despluma.
Lo despidieron sin multa y recomendándole encarecidamente que se pusiera el dichoso cinto. Mi compi debió tomar buena nota, porque cuando me dejó en la puerta de correos no lo llevaba puesto. Aunque no me cabe duda de que aquel día se lo pusieron, yo creo que casi de corbata. Nos reímos un buen rato. Los recados, ya se sabe...
Para mí que sigue sin ponérselo regularmente. Yo hice lo que pude. Ya lo decía aquel eslogan tan pegadizo:
Póntelo, pónselo.
Por supuesto que acepté. Cogí el abrigo y marché con él hasta un Hyundai Matrix, que es algo así como un monovolumen.
Una vez dentro me pongo el cinturón de seguridad como manda la más elemental sensatez y estando en esas se me arranca con que él no se lo suele poner. Yo, por descontado lo reconvengo entre sus risas. Le digo que hay que ponérselo porque lo pueden multar, suelen de hecho, esperar agazapados; por no hablar de lo muy probado a estas alturas; es un medio idóneo para prevenir tener que atravesar los parabrisas del coche en caso de frenazo brusco, con el destrozo natural de los limpiaparabrisas que eso supone. Esto del limpia lo digo ahora, no atiné con razón tan convincente entonces.
La conversación siguió muy divertida pues el paisano me contaba que es que se pasa la vida haciendo recados de aquí a allá, y que claro... en parte hay que entenderlo. Además me decía que conoce a todos los policias del pueblin, y hasta los de los alrededores.
Pero lo mejor de todo fue cuando me cuenta que una de las veces lo paró la guardia civil. Le dicen que no lleva abrochado el cinturón y él dice que es verdad. Todo aquello de los recados que comenté antes. Entonces le pide el carné de conducir y lo entrega tan caducado como estaba. Yo me caía de la risa del asiento, gracias que me sujetaba el cinto.
El guardia se va hasta el coche, no sé si aguantando la risa él también o frotando las manos por lo que se avecina. Al llegar allí le presenta a su superior, no sé si en persona o a través del comunicador los datos del paisanete, y llegando en ese momento o saliendo del coche, o vete a saber si a través del comunicador aquel, magia entre seres tan distantes, el superior que era sargento de la guardia civil le dice a nuestro amigo que cómo se le ocurre circular en aquellas condiciones. Que cualquier día de estos le pilla un rapaz de estos jóvenes y lo despluma.
Lo despidieron sin multa y recomendándole encarecidamente que se pusiera el dichoso cinto. Mi compi debió tomar buena nota, porque cuando me dejó en la puerta de correos no lo llevaba puesto. Aunque no me cabe duda de que aquel día se lo pusieron, yo creo que casi de corbata. Nos reímos un buen rato. Los recados, ya se sabe...
Para mí que sigue sin ponérselo regularmente. Yo hice lo que pude. Ya lo decía aquel eslogan tan pegadizo:
Póntelo, pónselo.
lunes, 5 de febrero de 2007
domingo, 4 de febrero de 2007
Unicornio
Mi unicornio azul ayer se me perdió,
pastando lo deje y desapareció.
Cualquier información bien la voy a pagar.
Las flores que dejó
no me han querido hablar.
Mi unicornio azul
ayer se me perdió,
no sé si se me fue,
no sé si extravió,
y yo no tengo más
que un unicornio azul.
Si alguien sabe de él,
le ruego información,
cien mil o un millón
yo pagaré.
Mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue.
Mi unicornio y yo
hicimos amistad,
un poco con amor,
un poco con verdad.
Con su cuerno de añil
pescaba una canción,
saberla compartir
era su vocación.
Mi unicornio azul
ayer se me perdió,
y puede parecer
acaso una obsesión,
pero no tengo más
que un unicornio azul
y aunque tuviera dos
yo solo quiero aquel.
Cualquier información
la pagaré.
Mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue.
Unicornio - Silvio Rodríguez (1980)
pastando lo deje y desapareció.
Cualquier información bien la voy a pagar.
Las flores que dejó
no me han querido hablar.
Mi unicornio azul
ayer se me perdió,
no sé si se me fue,
no sé si extravió,
y yo no tengo más
que un unicornio azul.
Si alguien sabe de él,
le ruego información,
cien mil o un millón
yo pagaré.
Mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue.
Mi unicornio y yo
hicimos amistad,
un poco con amor,
un poco con verdad.
Con su cuerno de añil
pescaba una canción,
saberla compartir
era su vocación.
Mi unicornio azul
ayer se me perdió,
y puede parecer
acaso una obsesión,
pero no tengo más
que un unicornio azul
y aunque tuviera dos
yo solo quiero aquel.
Cualquier información
la pagaré.
Mi unicornio azul
se me ha perdido ayer,
se fue.
Unicornio - Silvio Rodríguez (1980)
Euromillones
Hay un sorteo del Euromillón o un eurobote en los próximos días. Parece que se repartirán 100 millones de euros entre los premiados, que no sé si serán muchos o pocos. Estos premios son como una pirámide invertida, cuánto más arriba se pueden satisfacer más necesidades. Vamos que en la cúspide no hay Maslow que se quejara. La perfección personal está al caer si hay un piso, que digo un piso, un castillo en Andorra, a pie de pistas (nevadas).
Esta mañana pensaba la posibilidad de que me tocara a mí ese premio, bueno la parte mayor del premio, pongamos que 80 millones. Y cavilando sobre ello llegué a una conclusión que no deja de ser sorprendente. Imagina la conversación por teléfono tras saber cierto que soy yo el ganador del fortunón. En esas que los del bote llaman para aclarar ciertos flecos del traspaso (del dinero).
-Oiga, le llamo solamente para decirle que igual no son 80 millones como le ponía a usted en la máquina digital del lotero. Con unos ajustes que le detallaría si son de su interés, aunque ya le digo que son algo enrevesados de entender, la cosa se le quedaría en 79 millonazos.
Y yo pensando que qué pereza escuchar esos ajustes, y más si son tan complejos. Vamos que abro la boca para decir:
-Bueno, déjese de milongas. 79 me van bien. ¿Y eso pa cuando?
Alguien al leer mi respuesta quizá piense que resulto un punto ansioso por hacerme con el botín. Pues no. De ansioso nada. Conviene no obstante darse cuenta de la facilidad con que renuncio a un millón de euros. Vamos, que le dedico al tema apenas unos segundos mal contados. Que perder el millón me aburre soberanamente, que me importa muy, muy poco.
Así que en conclusión soy muy capaz de dejar perder un millón de euros sin tirarme del bigote (que no tengo). No me llevan los diablos por estos temas pueriles del dinero. Vete tú a saber si no se lo andará quedando el fulano del teléfono, que esperaba al menos tenerlo que sudar un poco más, largándome logaritmos y raíces cuadradas de un número de 7 cifras.
Es mucho más fácil. Regalo ese millón a quien lo quiera reclamar. No lo necesito para nada.
Esta mañana pensaba la posibilidad de que me tocara a mí ese premio, bueno la parte mayor del premio, pongamos que 80 millones. Y cavilando sobre ello llegué a una conclusión que no deja de ser sorprendente. Imagina la conversación por teléfono tras saber cierto que soy yo el ganador del fortunón. En esas que los del bote llaman para aclarar ciertos flecos del traspaso (del dinero).
-Oiga, le llamo solamente para decirle que igual no son 80 millones como le ponía a usted en la máquina digital del lotero. Con unos ajustes que le detallaría si son de su interés, aunque ya le digo que son algo enrevesados de entender, la cosa se le quedaría en 79 millonazos.
Y yo pensando que qué pereza escuchar esos ajustes, y más si son tan complejos. Vamos que abro la boca para decir:
-Bueno, déjese de milongas. 79 me van bien. ¿Y eso pa cuando?
Alguien al leer mi respuesta quizá piense que resulto un punto ansioso por hacerme con el botín. Pues no. De ansioso nada. Conviene no obstante darse cuenta de la facilidad con que renuncio a un millón de euros. Vamos, que le dedico al tema apenas unos segundos mal contados. Que perder el millón me aburre soberanamente, que me importa muy, muy poco.
Así que en conclusión soy muy capaz de dejar perder un millón de euros sin tirarme del bigote (que no tengo). No me llevan los diablos por estos temas pueriles del dinero. Vete tú a saber si no se lo andará quedando el fulano del teléfono, que esperaba al menos tenerlo que sudar un poco más, largándome logaritmos y raíces cuadradas de un número de 7 cifras.
Es mucho más fácil. Regalo ese millón a quien lo quiera reclamar. No lo necesito para nada.
miércoles, 31 de enero de 2007
Don gato
El día 9 de Febrero me cojo una autocar con destino a la ciudad. No voy a una ciudad cualquiera, voy a la ciudad por antonomasia, al centro mismo del país. Llego a Madrid como un chico de provincias. Para empaparme del ambiente madrileño, de su "gran cantidad de todo" y dispuesto a subir allí al metro como si lo hiciera por primera vez.
Voy a la casa de Jordi que marcha a su vez, coincidencias de agenda, a Milán o a Suiza, no sé bien. Es una cuestión que no quedó del todo clara pese a nuestras continuas charlas por teléfono. Puede que primero a un sitio y luego al otro.
He quedado allí con Sestea que dará esquinazo a sus libros por un par de días. Tenemos planeada la salida y la vuelta desde hace un tiempo, semana y media a lo más. Yo tengo ya comprado el billete en avión que me devuelva a Santander para volver desde allí a casa, todo el domingo por la tarde.
La vuelta en autobús se me suele hacer cuesta arriba, son demasiadas horas incluso para un espíritu tan abotargado como el mío. De esta manera habré llegado antes incluso de haber cogido la postura en el asiento.
No existe más que un problemilla. No demasiado grande. Negro, eso sí, negro como el carbón. Tiene 4 patas y malas pulgas sin tener una sola. Se llama Morfeo y es un gato del tamaño de un perro mediano. Es decir, es un gato grande.
A mí la verdad es que ese gato me tiene algo asustado. Aún recuerdo como atacaba con las uñas como navajas mis zapatucos al pasarle cerca. Claro que en esos días Jordi o Diana, su novia, tomaban parte por nosotros y le reñían. Aunque sospecho que el animal no les hacía mucho caso.
A mí me parece una pantera negra más que un gato. Hasta el punto de que he llegado cavilar la opción de rechazar la oferta del techo que nos ofrecen por no convivir con el gato a solas, o casi a solas. Ya lo tengo pensado, cuando haya que ponerle la comida, que supongo que será una forma de ganárnoslo, me haré acompañar de Sestea para que si al bicho le dieran las ganas de atacar haya al menos dos objetivos. Es decir, un 50% de posibilidades menos de ser yo el objeto de sus ataques felinos. Bueno, quizá aún menos. Los animales son suficientemente listos, incluso los más furiosos, como para saber medir a sus oponentes por el tamaño. Y quieras que no quieras Sestea es poquita cosa. No más de metrito y medio desde el suelo hasta el pelo, linda sin par, eso es cierto; como una Dulcinea de bolsillo.
Por otro lado ambos tenemos pensado no pasar por la casa más que para dormir, y por suerte la habitación da puerta con puerta con la de la calle. Así que puedo lanzarme desde una a la otra de un salto, yo primero para cogerlo de improviso. Igual por hacer la gracia nada más entrar la cierro. Sestea quedaría entre dos aguas. Y yo como la ficha de parchís en el centro del tablero.
De algún modo sé que esos días nos sentiremos como los ñus que cruzan el río por la periferia. Los expuestos. Algunos caerán y otros no.
Espero que salvo las inevitables tensiones por salvar nuestro pellejo, todo lo demás, finde en Madrid completo, lo compense. ¿Viviremos para contarlo?
Voy a la casa de Jordi que marcha a su vez, coincidencias de agenda, a Milán o a Suiza, no sé bien. Es una cuestión que no quedó del todo clara pese a nuestras continuas charlas por teléfono. Puede que primero a un sitio y luego al otro.
He quedado allí con Sestea que dará esquinazo a sus libros por un par de días. Tenemos planeada la salida y la vuelta desde hace un tiempo, semana y media a lo más. Yo tengo ya comprado el billete en avión que me devuelva a Santander para volver desde allí a casa, todo el domingo por la tarde.
La vuelta en autobús se me suele hacer cuesta arriba, son demasiadas horas incluso para un espíritu tan abotargado como el mío. De esta manera habré llegado antes incluso de haber cogido la postura en el asiento.
No existe más que un problemilla. No demasiado grande. Negro, eso sí, negro como el carbón. Tiene 4 patas y malas pulgas sin tener una sola. Se llama Morfeo y es un gato del tamaño de un perro mediano. Es decir, es un gato grande.
A mí la verdad es que ese gato me tiene algo asustado. Aún recuerdo como atacaba con las uñas como navajas mis zapatucos al pasarle cerca. Claro que en esos días Jordi o Diana, su novia, tomaban parte por nosotros y le reñían. Aunque sospecho que el animal no les hacía mucho caso.
A mí me parece una pantera negra más que un gato. Hasta el punto de que he llegado cavilar la opción de rechazar la oferta del techo que nos ofrecen por no convivir con el gato a solas, o casi a solas. Ya lo tengo pensado, cuando haya que ponerle la comida, que supongo que será una forma de ganárnoslo, me haré acompañar de Sestea para que si al bicho le dieran las ganas de atacar haya al menos dos objetivos. Es decir, un 50% de posibilidades menos de ser yo el objeto de sus ataques felinos. Bueno, quizá aún menos. Los animales son suficientemente listos, incluso los más furiosos, como para saber medir a sus oponentes por el tamaño. Y quieras que no quieras Sestea es poquita cosa. No más de metrito y medio desde el suelo hasta el pelo, linda sin par, eso es cierto; como una Dulcinea de bolsillo.
Por otro lado ambos tenemos pensado no pasar por la casa más que para dormir, y por suerte la habitación da puerta con puerta con la de la calle. Así que puedo lanzarme desde una a la otra de un salto, yo primero para cogerlo de improviso. Igual por hacer la gracia nada más entrar la cierro. Sestea quedaría entre dos aguas. Y yo como la ficha de parchís en el centro del tablero.
De algún modo sé que esos días nos sentiremos como los ñus que cruzan el río por la periferia. Los expuestos. Algunos caerán y otros no.
Espero que salvo las inevitables tensiones por salvar nuestro pellejo, todo lo demás, finde en Madrid completo, lo compense. ¿Viviremos para contarlo?
lunes, 29 de enero de 2007
Voces
Llamo el otro día a un móvil Orange y me salta una voz femenina, lo que es cojonudo, así para empezar. Es verdad de la buena que uno quisiera oír una voz femenina cada vez que marque un número de teléfono. Los hombres tendríamos que tener el teléfono solamente para marcar los númeritos en el teclado. Algunos lo hacemos. A lo que me refiero es que tendríamos que dejar que fueran ellas las que contestaran siempre. En verdad los hombres preferimos que nos contesten ellas. Pero resulta que la voz es una voz de lata, no que de la lata, es una voz enlatada, una voz de robot femenina. La misma voz para todas las llamadas. Una voz que advierte que el teléfono marcado se halla apagado o fuera de cobertura. Es un contestador gratuito y con la voz femenina pero de lata. Que sea gratuito no es cosa de poca importancia, muchos usuarios de telefonía se ponen el dichoso contestador activo y creen que así son más fashion, con ellos las compañías se frotan las manos. Porque hizo gasto el que llamaba y porque el dueño del contestador tendrá que devolverla.
Aquella voz decía además que si quiero recibir un mensaje cuando el móvil esté activo debo marcar "uno". Es decir, dejas un espía escondido en la línea para que te sople cuando el teléfono vuelve a dar cobertura. Yo por supuesto no puse un espía a nadie, pero me quedé con el final del mensajete de aquella voz, tan turbadora. Decía que el coste del mensaje es de 15 céntimos y, para que no haya equívocos, aclara que esto es un coste por minuto.
Y he aquí que le encontré el fallo al operador. Tan acostumbrados a exponer sus tarifas "por minuto" que se les coló en el texto a recitar por la robot cuando no tocaba. ¿O es que para enviar un mensaje de texto se llevan más de un minuto? Igual es que los mensajes de móvil de Orange son como un trailer saliendo de un garaje. Van despacio, despacio, pa facturar.
Pero lo mejor ocurrió, creo que anteayer. Me llama un número de aquí, asturiano por el prefijo. Descuelgo el teléfono fijo y oigo una voz, robótica perdida.
Venía a decir que si me interesa Internet tienen el producto que andaba esperando, o algo de ese tenor. Además no satisfechos por darme un producto tan bueno me ofrecían, parece que regalado, un ordenador. Ni más ni menos.
La oferta era tentadora, que a nadie le quepa duda. Y estuve tan cerca... solamente tenía que pulsar el "uno" que es el número mágico para aceptar lo que sea (que suele ser algo bueno). Quizá un día en las bodas se pregunte:
¿Quieres casarte con Fulanita? - responde "uno" si estás de acuerdo-aclara el sacerdote.
Y tú: uno.
¿en la pobreza?
y tú, callao. Porque en la pobreza uno se casa solamente si el amor es tan fuerte que pobreza o riqueza dan lo mismo.
¿en la riqueza?
Uno.
Estuve cerca de aceptar. Pero era una voz de varón. Y eso era un chasco imperdonable. Será porque ellas nos gustan más.
La cosa es que sin comerlo ni beberlo le encontré un fallo a un gran operador y uno, subjetivo y cierto a otra empresa que no se sabe muy bien si no estará cometiendo algún tipo de fraude en su marketing timofónico. No lo pude saber porque la voz quedó atrapada en que pulsara el uno, si es que necesitaba el servicio. No llegué a saber quién se escondía tras esa voz. Pero sus cantos de sireno me sedujeron más bien poco. Puesto a poner un robot a tus órdenes debieras saber escogerle el género, o al menos cribar las llamadas. Que a malas te encuentras con alguien tan caprichoso como yo.
Tengo una vista excepcional para encontrar el defecto menor y sin embargo en estos días he perdido el cordón del pantalón del pijama. Debe estar por aquí, en algún lado. No pudo ir muy lejos.
Aquella voz decía además que si quiero recibir un mensaje cuando el móvil esté activo debo marcar "uno". Es decir, dejas un espía escondido en la línea para que te sople cuando el teléfono vuelve a dar cobertura. Yo por supuesto no puse un espía a nadie, pero me quedé con el final del mensajete de aquella voz, tan turbadora. Decía que el coste del mensaje es de 15 céntimos y, para que no haya equívocos, aclara que esto es un coste por minuto.
Y he aquí que le encontré el fallo al operador. Tan acostumbrados a exponer sus tarifas "por minuto" que se les coló en el texto a recitar por la robot cuando no tocaba. ¿O es que para enviar un mensaje de texto se llevan más de un minuto? Igual es que los mensajes de móvil de Orange son como un trailer saliendo de un garaje. Van despacio, despacio, pa facturar.
Pero lo mejor ocurrió, creo que anteayer. Me llama un número de aquí, asturiano por el prefijo. Descuelgo el teléfono fijo y oigo una voz, robótica perdida.
Venía a decir que si me interesa Internet tienen el producto que andaba esperando, o algo de ese tenor. Además no satisfechos por darme un producto tan bueno me ofrecían, parece que regalado, un ordenador. Ni más ni menos.
La oferta era tentadora, que a nadie le quepa duda. Y estuve tan cerca... solamente tenía que pulsar el "uno" que es el número mágico para aceptar lo que sea (que suele ser algo bueno). Quizá un día en las bodas se pregunte:
¿Quieres casarte con Fulanita? - responde "uno" si estás de acuerdo-aclara el sacerdote.
Y tú: uno.
¿en la pobreza?
y tú, callao. Porque en la pobreza uno se casa solamente si el amor es tan fuerte que pobreza o riqueza dan lo mismo.
¿en la riqueza?
Uno.
Estuve cerca de aceptar. Pero era una voz de varón. Y eso era un chasco imperdonable. Será porque ellas nos gustan más.
La cosa es que sin comerlo ni beberlo le encontré un fallo a un gran operador y uno, subjetivo y cierto a otra empresa que no se sabe muy bien si no estará cometiendo algún tipo de fraude en su marketing timofónico. No lo pude saber porque la voz quedó atrapada en que pulsara el uno, si es que necesitaba el servicio. No llegué a saber quién se escondía tras esa voz. Pero sus cantos de sireno me sedujeron más bien poco. Puesto a poner un robot a tus órdenes debieras saber escogerle el género, o al menos cribar las llamadas. Que a malas te encuentras con alguien tan caprichoso como yo.
Tengo una vista excepcional para encontrar el defecto menor y sin embargo en estos días he perdido el cordón del pantalón del pijama. Debe estar por aquí, en algún lado. No pudo ir muy lejos.
sábado, 27 de enero de 2007
Quizá
la muerte no sea más que un rincón silencioso y polvoriento;
pero amar es cruzar las nubes en avioneta con el viento columpiando tu bufanda.
pero amar es cruzar las nubes en avioneta con el viento columpiando tu bufanda.
viernes, 26 de enero de 2007
miércoles, 24 de enero de 2007
Un sitio para nadie
Coincidí el otro día con mi amigo Iván en el Messenger. Ocurrió que no le vi lllegar porque el programa no te avisa cuando escoges el estado de no disponible. La cuestión es que éste me interpeló para decirme, sin previo aviso, sin saludo de entrada siquiera, un parrafazo de esos que se estilan tanto en esos mails odiosos que hay quien hace habituales ; algo del estilo:
si envías este texto a 12 personas se te cumplirán todos los deseos y la persona que quieres te vendrá a besar la boca (o algo por el estilo, aunque ahora que lo pienso un poco, creo que la condición de distribuirlo te lo contaban al final, cuando te han dorado la píldora con las mil recompensas de hacer correr el texto-bazofia por Internet).
Por supuesto, por si no te convencen las mil bondades para enviarlo, que van desde la dicha del amor hasta llenarte el bolsillo, terminan asegurando que de no hacerlo se te vendrán encima aún más calamidades. Vamos que no darás abasto a recoger tostadas que cayeron por el lado de la mantequilla. Garantizarte tanto infortunio tendría que terminar de convencerte. Vamos que si te quedaste en el "consí, consá" terminarás lanzando el dichoso mensaje hasta a la gente con la que llevas años sin hablarte.
No sé bien qué se gana con todo ese juego. No sé si es un modo de llegar a más gente y quizá hacer más amigos (o más enemigos si estos mensajes gustan tan poco como me gustan a mí). Yo particularmente por no leer no leo ni los reenviados si no están personalizados al menos en sus comienzos, con un Anado por aquí o por allá, con el nombre de pila que me pusieron mis padres, o algún otro detalle que valga al menos para fijar la vista sin que uno se sienta parte de una cadena de montaje, en la que no se es más que un eslabón, por lo que se ve, anodino pero imprescindible.
Pero estos ingenios que te auguran tanto éxito si sigues la corriente son especialmente enojosos. Con menos sentido incluso que leer el zodíaco. Porque al menos en estas otras predicciones siempre podrás agarrarte a una frase en particular, que harás tuya, en la que te verás retratado.
Lógicamente a este amigo mío le puse una respuesta que no pudo ver en ese momento porque ya estaba desconectado, pero esa respuesta le esperará pacientemente hasta su nueva conexión, está en el frigorifico congelada; ya digo que no se me advirtió de su entrada ni de su arrebatada intervención, venía a decirle que en el futuro se ahorre enviarme esas invitaciones, esa cama redonda de mensajes hacia todos lados como una metralleta. Cedo mi sitio en la cadena afortunada a cualquiera que quiere ir en mi lugar. Que son niñerías incluso para alguien tan inmaduro como yo.
Digo que ahora me vendrán encima los mil desastres del mensaje ignorado voluntariamente. Para empezar he oído en la radio que mañana y el viernes va a hacer más frío que el que llevamos sentido en esta semana invernal. Con lo bien que nos sentaba el traje de la primavera temprana y he venido a romperlo por no hacer caso.
Quizá aún esté a tiempo.
si envías este texto a 12 personas se te cumplirán todos los deseos y la persona que quieres te vendrá a besar la boca (o algo por el estilo, aunque ahora que lo pienso un poco, creo que la condición de distribuirlo te lo contaban al final, cuando te han dorado la píldora con las mil recompensas de hacer correr el texto-bazofia por Internet).
Por supuesto, por si no te convencen las mil bondades para enviarlo, que van desde la dicha del amor hasta llenarte el bolsillo, terminan asegurando que de no hacerlo se te vendrán encima aún más calamidades. Vamos que no darás abasto a recoger tostadas que cayeron por el lado de la mantequilla. Garantizarte tanto infortunio tendría que terminar de convencerte. Vamos que si te quedaste en el "consí, consá" terminarás lanzando el dichoso mensaje hasta a la gente con la que llevas años sin hablarte.
No sé bien qué se gana con todo ese juego. No sé si es un modo de llegar a más gente y quizá hacer más amigos (o más enemigos si estos mensajes gustan tan poco como me gustan a mí). Yo particularmente por no leer no leo ni los reenviados si no están personalizados al menos en sus comienzos, con un Anado por aquí o por allá, con el nombre de pila que me pusieron mis padres, o algún otro detalle que valga al menos para fijar la vista sin que uno se sienta parte de una cadena de montaje, en la que no se es más que un eslabón, por lo que se ve, anodino pero imprescindible.
Pero estos ingenios que te auguran tanto éxito si sigues la corriente son especialmente enojosos. Con menos sentido incluso que leer el zodíaco. Porque al menos en estas otras predicciones siempre podrás agarrarte a una frase en particular, que harás tuya, en la que te verás retratado.
Lógicamente a este amigo mío le puse una respuesta que no pudo ver en ese momento porque ya estaba desconectado, pero esa respuesta le esperará pacientemente hasta su nueva conexión, está en el frigorifico congelada; ya digo que no se me advirtió de su entrada ni de su arrebatada intervención, venía a decirle que en el futuro se ahorre enviarme esas invitaciones, esa cama redonda de mensajes hacia todos lados como una metralleta. Cedo mi sitio en la cadena afortunada a cualquiera que quiere ir en mi lugar. Que son niñerías incluso para alguien tan inmaduro como yo.
Digo que ahora me vendrán encima los mil desastres del mensaje ignorado voluntariamente. Para empezar he oído en la radio que mañana y el viernes va a hacer más frío que el que llevamos sentido en esta semana invernal. Con lo bien que nos sentaba el traje de la primavera temprana y he venido a romperlo por no hacer caso.
Quizá aún esté a tiempo.
martes, 23 de enero de 2007
Un martes marrón
A veces hago cosas y no son demasiado normales. En mi descargo diré que esta mañana estaba escuchando mi pequeño MP3, y eso es algo disperso, con la cabeza llena de música que es lo mismo que decir de cuerpo despierto y con la mente sonámbula. El caso es que me puse un poco del café que hice ayer o anteayer, uso una cafetera eléctrica y suelo hacer mucho café para recurrir a él entre semana, y un poco de leche que guardo en el frigorífico, como todo hijo de vecino. La cosa es que cuando pitó el microondas saqué la taza y me fui hasta el armario del azucar. La cogí y eché un par de cucharadas, acto seguido y sin darme cuenta, eso es obvio, cogí el Nescafé que no se llama Nescafé porque es marca la pava, ¿hay que contarlo todo? El café soluble del Día que es más barato y del mismo color, y eché dos cucharadas más. Quién conozca mi bis cómica comprenderá el careto que se me puso al instante, que es el mismo que suelo ofrecer siempre, sin distinguir al interlocutor, un poco confundido y otro poco anonadado. Ahí estaba, mezclandose el café de cafetera, la mayor parte de la taza, el poquito de leche y el café soluble que se disuelve tan rápido...
Por supuesto aquello sabía a rayos y no pude acabarmelo. Lo eché por el desagüe del grifo de la cocina, el mismo que abierto arroja con tan poca presión el agua.
Al llegar al trabajo narré mi despiste, incidiendo sobre todo en la coartada de los cascos en los oídos, la música sonando y lo intempestivo de la hora. Pero lo curioso es que según lo cuento ya me lanzaba con el paragüas hacia el perchero donde colgamos los abrigos... vamos que soy un caso. En mi caso los despistes se dan la mano, los enlazo como Tarzán con las lianas, uno tras otro.
Por eso quizá yo deba plantearme para este año ser mucho mejor de lo que soy. Es algo común entre los humanos proponer nuevos propósitos para el año que empieza. Podría dejar de fumar, por ejemplo, eso es muy común. Lo malo es que yo no fumo, quizá podría empezar...
Hay quien apunta esos propósitos en una hojita, y vuelve a ella, si es capaz de encontrarla transcurrido el año. Entonces se da cuenta de que no cumplió casi nada de lo recogido, o no cumplió nada. Al principio porque tenía todo el año para hacerlo, luego porque se le olvidó que debía hacerlo, o porque después ya no quiso. De manera que esas hojas, como las olas de San Juan se quedan nada más como deseos más o menos sentidos e insatisfechos para siempre.
Yo debería proponerme ser un poquito mejor. No mejor persona de lo que soy, de eso no creo que nadie tenga queja, y si alguien la tiene, sabrá que todo aquello se debió a un gran, fabuloso malentendido. Bueno, en verdad sospecho que soy bueno, no es que nadie me lo haya dicho, por norma general nadie me suele decir nada bueno sobre mí, y quiero creer que es por timidez o rabia, no porque no lo haya. Tal vez mi propósito tendría que ser lograr reducir las veces en que parezco Mr. Bean.
Procurar no buscar nunca algo que tenga en las manos.
Por supuesto aquello sabía a rayos y no pude acabarmelo. Lo eché por el desagüe del grifo de la cocina, el mismo que abierto arroja con tan poca presión el agua.
Al llegar al trabajo narré mi despiste, incidiendo sobre todo en la coartada de los cascos en los oídos, la música sonando y lo intempestivo de la hora. Pero lo curioso es que según lo cuento ya me lanzaba con el paragüas hacia el perchero donde colgamos los abrigos... vamos que soy un caso. En mi caso los despistes se dan la mano, los enlazo como Tarzán con las lianas, uno tras otro.
Por eso quizá yo deba plantearme para este año ser mucho mejor de lo que soy. Es algo común entre los humanos proponer nuevos propósitos para el año que empieza. Podría dejar de fumar, por ejemplo, eso es muy común. Lo malo es que yo no fumo, quizá podría empezar...
Hay quien apunta esos propósitos en una hojita, y vuelve a ella, si es capaz de encontrarla transcurrido el año. Entonces se da cuenta de que no cumplió casi nada de lo recogido, o no cumplió nada. Al principio porque tenía todo el año para hacerlo, luego porque se le olvidó que debía hacerlo, o porque después ya no quiso. De manera que esas hojas, como las olas de San Juan se quedan nada más como deseos más o menos sentidos e insatisfechos para siempre.
Yo debería proponerme ser un poquito mejor. No mejor persona de lo que soy, de eso no creo que nadie tenga queja, y si alguien la tiene, sabrá que todo aquello se debió a un gran, fabuloso malentendido. Bueno, en verdad sospecho que soy bueno, no es que nadie me lo haya dicho, por norma general nadie me suele decir nada bueno sobre mí, y quiero creer que es por timidez o rabia, no porque no lo haya. Tal vez mi propósito tendría que ser lograr reducir las veces en que parezco Mr. Bean.
Procurar no buscar nunca algo que tenga en las manos.
lunes, 22 de enero de 2007
Lluvias
Han regresado las lluvias. Y quizá por eso o quizá por otras cosas mi ánimo cayó en picado esta mañana. Estaba mi alegría plomiza y pesada, de no levantar cabeza.
Si me detengo a analizar esa tristeza repentina, de día nublado, me doy cuenta de que no ha sido una tristeza desesperada, sino una suave, soñolienta, como leer un periódico repleto de calamidades recién levantado. Abrir los ojos al día con la mente en blanco para llenarla a seis columnas de actos violentos, enfermos y muertos. Amaneces para darte cuenta de que casi todo alrededor vale tan poco que sería mejor seguir dormido. Y no hay ni siquiera desesperanza porque los sueños tengan tan poco que ver con lo real.
Tiene que ver en mi tristeza de hoy la soledad de mi rostro asomado a un teléfono móvil de tercera generación para dar las buenas noches. Es mi rostro y sonríe al rostro asomado a la diminuta pantalla. La tecnología pone las sonrisas con mil kilómetros de distancia para que las veas.
Sonreía ayer, pero con el frío de la mañana aquella sonrisa se vuelve motivo de tristeza. Como es triste la risa de un payaso que se sentara siempre sin que hubiera silla. Y el día olvida el efecto climático para devolvernos al invierno más duro. Gracias que en el granizo de esta tarde algo dentro, el alma quizá, refulge, remonta mirando en la ventana, asimilando que llegó el frío y lo hizo para quedarse.
Si me detengo a analizar esa tristeza repentina, de día nublado, me doy cuenta de que no ha sido una tristeza desesperada, sino una suave, soñolienta, como leer un periódico repleto de calamidades recién levantado. Abrir los ojos al día con la mente en blanco para llenarla a seis columnas de actos violentos, enfermos y muertos. Amaneces para darte cuenta de que casi todo alrededor vale tan poco que sería mejor seguir dormido. Y no hay ni siquiera desesperanza porque los sueños tengan tan poco que ver con lo real.
Tiene que ver en mi tristeza de hoy la soledad de mi rostro asomado a un teléfono móvil de tercera generación para dar las buenas noches. Es mi rostro y sonríe al rostro asomado a la diminuta pantalla. La tecnología pone las sonrisas con mil kilómetros de distancia para que las veas.
Sonreía ayer, pero con el frío de la mañana aquella sonrisa se vuelve motivo de tristeza. Como es triste la risa de un payaso que se sentara siempre sin que hubiera silla. Y el día olvida el efecto climático para devolvernos al invierno más duro. Gracias que en el granizo de esta tarde algo dentro, el alma quizá, refulge, remonta mirando en la ventana, asimilando que llegó el frío y lo hizo para quedarse.
domingo, 21 de enero de 2007
Vestidos
Leo que una turba allá en México le hizo pagar un robo a un fulano con su propia muerte. Que es una medida drástica y exaltada. Tras propinarle una fenomenal paliza, participaron alrededor de 100 personas distintas, digo yo que propinando golpes por turnos, todo el mundo sabe que nadie puede arremolinar alrededor 100 personas ni midiendo estirado el cuerpo 4 largos metros, además es lógico suponer que el sujeto de tantos golpes había de tardar poco en tomar la postura de defensa que toman los bebés durmiendo de costado, el caso es que terminaron colgándole por si aún le habitaba un aliento de vida, para rematarlo.
Yo por aquí he descubierto como parecerme más y más a David Beckham. Y cuando digo que ya sé parecerme un poco a él, quiero decir que ya sé como hacer para irme pareciendo a uno de esos módelos de pasarela que van vistiendo a la última, y que aspiran en realidad a parecerse todos ellos a los propios maniquíes de escaparate, de proporciones perfectas, hombros, brazos, piernas y esa mirada de concentración inquebrantable.
Alguien dirá si seré tan intrépido como para compartir ese descubrimiento en este rinconcito mío. Si no tendré más vista y terminaré vendiéndolo a algún guaperas que aspire a ocupar el corazón de Jennifer Aniston o más de andar por casa de Mar Flores. Pues sí.
Si uno quiere parecer uno de esos, no tiene más que llevar encima cuánta más ropa mejor. Es así de sencillo. Por supuesto si esa ropa es de marca mucho mejor, la impresión se fija mucho más rápido. Vamos que si caminas por la calle con una americana blanca, con un jersey de pico debajo, por el que asoma una camisa con el cuello, al menos de diseño, y aún por debajo pero a la vista una camiseta interior de marca, entonces eres un clon de la elegancia de David Beckham aunque no tengas ni puñetera idea de como lanzar las faltas. No te ha de preocupar ese detalle, eso con entrenamiento se aprende, y después de todo tampoco parece que el chaval en la actualidad sepa bien donde está siquiera la portería, ni como pegarle. Luego mezclas todo eso con unos vaqueros gastados, pero no rotos, eso solamente queda reservado a Beckham y sólo a él en exclusiva, andarás hecho un dandi. Vamos que te mirarán más que si vistieras un sombrero de la reina de Inglaterra.
Evidentemente llegar a esta conclusión era muy fácil. Todos estos modelos llevan toda esa ropa porque de lo que se trata en el fondo es de dar impresión de opulencia, por eso si las cosas son de marca mucho mejor, y que se pueda descubrir a poco que se investigue, por eso si eres capaz de volcarte el armario encima, toda tu ropa al tiempo, entonces pensarán que eres rico y que serás, con poco que te sonría la suerte, hasta famoso.
Yo por aquí he descubierto como parecerme más y más a David Beckham. Y cuando digo que ya sé parecerme un poco a él, quiero decir que ya sé como hacer para irme pareciendo a uno de esos módelos de pasarela que van vistiendo a la última, y que aspiran en realidad a parecerse todos ellos a los propios maniquíes de escaparate, de proporciones perfectas, hombros, brazos, piernas y esa mirada de concentración inquebrantable.
Alguien dirá si seré tan intrépido como para compartir ese descubrimiento en este rinconcito mío. Si no tendré más vista y terminaré vendiéndolo a algún guaperas que aspire a ocupar el corazón de Jennifer Aniston o más de andar por casa de Mar Flores. Pues sí.
Si uno quiere parecer uno de esos, no tiene más que llevar encima cuánta más ropa mejor. Es así de sencillo. Por supuesto si esa ropa es de marca mucho mejor, la impresión se fija mucho más rápido. Vamos que si caminas por la calle con una americana blanca, con un jersey de pico debajo, por el que asoma una camisa con el cuello, al menos de diseño, y aún por debajo pero a la vista una camiseta interior de marca, entonces eres un clon de la elegancia de David Beckham aunque no tengas ni puñetera idea de como lanzar las faltas. No te ha de preocupar ese detalle, eso con entrenamiento se aprende, y después de todo tampoco parece que el chaval en la actualidad sepa bien donde está siquiera la portería, ni como pegarle. Luego mezclas todo eso con unos vaqueros gastados, pero no rotos, eso solamente queda reservado a Beckham y sólo a él en exclusiva, andarás hecho un dandi. Vamos que te mirarán más que si vistieras un sombrero de la reina de Inglaterra.
Evidentemente llegar a esta conclusión era muy fácil. Todos estos modelos llevan toda esa ropa porque de lo que se trata en el fondo es de dar impresión de opulencia, por eso si las cosas son de marca mucho mejor, y que se pueda descubrir a poco que se investigue, por eso si eres capaz de volcarte el armario encima, toda tu ropa al tiempo, entonces pensarán que eres rico y que serás, con poco que te sonría la suerte, hasta famoso.
viernes, 19 de enero de 2007
Sin noticias
Espacio mis intervenciones y lo hago porque a estas horas, en que puedo, me he quedado hueco.
Para que no se me confundan los días unos con otros, para que no parezcan el mismo, sin ser malos, marcho mañana a Santander. Alguno dirá que las vidas tienen un tanto de reiteración, aunque sea la natural que da un sol nuevo cada mañana, tiene razón. Por eso hemos de hacer de algunos, días extraordinarios. O quizá basta con tapar un ojo cada día para que las cosas nos parezcan distintas. Pues si en la vida no somos meros espectadores de lo que nos rodea, al menos si debemos exigirnos observar lo cotidiano desde otros ojos, como recorrer infinitas veces un mismo paisaje centrando la atención en los pequeños detalles que hacen distinta cada vuelta, precisamente por renunciar a una visión panorámica. Pues lo vasto, detalle a detalle, puede ser eterno.
Allí me pasearé con la sombra pegada a los zapatos nadie fue nunca tan leal a cambio de tan poco, dicen que el efecto climático nos dejará sin invierno, los flamencos andan desorientados poniendo huevos a destiempo, vivimos sin noticias de las nubes, yo creo que llegarán todas al tiempo y nos ahogaremos en agua. O tal vez ya no llueva nunca más y tengamos que bebernos los océanos. Yo empezaré por el cubo de agua que pierde el teléfono de mi ducha. Sospecho que emerge por allí agua desde el núcleo del planeta.
Y si después de comer en esa gran ciudad, Santander a tiempo completo, se tercia un cine, habrá que elegir película...
Para que no se me confundan los días unos con otros, para que no parezcan el mismo, sin ser malos, marcho mañana a Santander. Alguno dirá que las vidas tienen un tanto de reiteración, aunque sea la natural que da un sol nuevo cada mañana, tiene razón. Por eso hemos de hacer de algunos, días extraordinarios. O quizá basta con tapar un ojo cada día para que las cosas nos parezcan distintas. Pues si en la vida no somos meros espectadores de lo que nos rodea, al menos si debemos exigirnos observar lo cotidiano desde otros ojos, como recorrer infinitas veces un mismo paisaje centrando la atención en los pequeños detalles que hacen distinta cada vuelta, precisamente por renunciar a una visión panorámica. Pues lo vasto, detalle a detalle, puede ser eterno.
Allí me pasearé con la sombra pegada a los zapatos nadie fue nunca tan leal a cambio de tan poco, dicen que el efecto climático nos dejará sin invierno, los flamencos andan desorientados poniendo huevos a destiempo, vivimos sin noticias de las nubes, yo creo que llegarán todas al tiempo y nos ahogaremos en agua. O tal vez ya no llueva nunca más y tengamos que bebernos los océanos. Yo empezaré por el cubo de agua que pierde el teléfono de mi ducha. Sospecho que emerge por allí agua desde el núcleo del planeta.
Y si después de comer en esa gran ciudad, Santander a tiempo completo, se tercia un cine, habrá que elegir película...
martes, 16 de enero de 2007
Olvidos
Se tocarían, se abrazarían, se enredarían y se olvidarían ellas y él del mundo, jugando y festejando el estar juntos.
Lituma en los Andes. Mario Vargas Llosa.
Estuve este sábado en Oviedo, y otro rato en Gijón. Quedé con el Xuac que amenaza con iniciar el también, con más de 6 años de retraso, un weblog similar a este. Dice que parezco un tipo de asociación de consumidores, enloquecido por las reclamaciones supongo. Y es verdad, soy un índice al techo y la voz presta que protesta. Soy de naturaleza protestón, importa poco, en el fondo, quien tenga o no la razón. Creo que nada hice mejor en la vida que quejarme.
Me llevó el chaval a un sitio muy "pixin". De esos en los que te recogen las miguitas de pan de la mesa con una bandejita, yo diría que de plata. En esos sitios uno no sabe bien como ponerse, al menos alguien como yo, que me manejo a mis anchas entre fritangas o en el McDonalds (al que no voy nada de nada).
Creo que fue la mañana de ayer, estaba poniéndome los zapatos y se me ocurrieron al menos un par de cosas para tratar aquí. Simplemente una frase a la que poder sacar punta. En realidad eran dos ideas bastante jugosas. Yo creo que brillantes, impropias de mí. Pero luego las he olvidado. Sé que era algo con mucho meollo, mucho más que mis batallas contra las teleoperadoras. Creo que hablaba de la vida, del destino, qué se yo. Se me han olvidado del todo.
Intento hacer memoria, las tengo en la punta de una lengua que no es mi lengua. Creo que la cabeza que las pensó ya no es mi cabeza.
Lituma en los Andes. Mario Vargas Llosa.
Estuve este sábado en Oviedo, y otro rato en Gijón. Quedé con el Xuac que amenaza con iniciar el también, con más de 6 años de retraso, un weblog similar a este. Dice que parezco un tipo de asociación de consumidores, enloquecido por las reclamaciones supongo. Y es verdad, soy un índice al techo y la voz presta que protesta. Soy de naturaleza protestón, importa poco, en el fondo, quien tenga o no la razón. Creo que nada hice mejor en la vida que quejarme.
Me llevó el chaval a un sitio muy "pixin". De esos en los que te recogen las miguitas de pan de la mesa con una bandejita, yo diría que de plata. En esos sitios uno no sabe bien como ponerse, al menos alguien como yo, que me manejo a mis anchas entre fritangas o en el McDonalds (al que no voy nada de nada).
Creo que fue la mañana de ayer, estaba poniéndome los zapatos y se me ocurrieron al menos un par de cosas para tratar aquí. Simplemente una frase a la que poder sacar punta. En realidad eran dos ideas bastante jugosas. Yo creo que brillantes, impropias de mí. Pero luego las he olvidado. Sé que era algo con mucho meollo, mucho más que mis batallas contra las teleoperadoras. Creo que hablaba de la vida, del destino, qué se yo. Se me han olvidado del todo.
Intento hacer memoria, las tengo en la punta de una lengua que no es mi lengua. Creo que la cabeza que las pensó ya no es mi cabeza.
jueves, 11 de enero de 2007
Escuetamente
El día 9 me entregaron mi móvil nuevo. El Samsung que quisieron cobrarme. Así que he renovado con Orange, me dan un terminal 3G y un montón de promociones. Seguiría, pero toy molío...
martes, 9 de enero de 2007
La corriente
Si un pie ciego bajo la mesa aterriza sobre el botón naranja de la regleta, si el botón al ser desactivado apaga el ordenador, el monitor, los altavoces... entonces el pie es mi pie, el ordenador, mi ordenador, y yo el sorprendido que mira hacia todos lados diciendo ¡pero qué ha ocurrido! Si todo se apaga sin que lo quiera nadie, es señal inequívoca de que ando cerca, puede que al acecho. Tienen mis pies todo el espacio libre bajo la mesa para ir de aquí a allá sin peligro, pero tienen un radar y siempre dan en el clavo. Sin un ¿he sido yo? de Steve Urkel, sin un "yo no he sido" de Bart Simpson. Sucede a veces...
lunes, 8 de enero de 2007
El pescado
Hace poco me contaba un paisano que es amigo mío que había estado pachucho. Algo tomó de pescado que le sentó como un rayo. Hasta el punto de que se fue renqueante hasta Urgencias y de pocas no tienen que salir a recogerlo en la calle. Dice que no veía la hora de llegar, que le flaqueaban las piernas y tuvo que apoyarse en la pared junto a la puerta.
Esto, contado así no dice gran cosa. En verdad a todos podemos intoxicarnos, algunos más que otros, yo particularmente con bastante probabilidad. Pues si nunca fui un Arguiñano aún se comenta en Dooyoo la maestría de mi receta de Spaghetti a la carbonara, claro que yo soy maestro de un solo plato, a lo más de dos, no quiero resultar, a estas alturas, innecesariamente modesto. Lo que ocurre, es que no me pongo. Estoy lo mismo en la cocina que Goya peleado con las pinturas, negándose a entrar en un cuarto si hay un lienzo. Por eso he hecho del microondas mi mejor amigo, desde el café de la mañana, si es que no me falta nada para hacerlo, hasta la tarde en que me calienta las partículas de agua de cualquier producto que introduzca. Y lo calienta todo, que conste, sin dejar el centro frío. Aunque ahora, y esto es novedad, también me arriesgo a encender el horno. Es más lento, pero uno se ahorra tener que quitarle el envoltorio de plata a los canelones o a la lasaña :D.
Decía que no me complico demasiado en la cocina, ya sé, ya sé que tendría que hacerlo. Que obrando así estoy desaprovechando un don, pero es que cocinar para mí solo... ;)
Pero no quisiera desviarme un ápice de lo que venía contando (esto es que no quiero desviarme más). Este amigo mío es un paisanón mayor que viene todas las mañanas. El caso es que siempre me cuenta cosas, pero yo solamente le entiendo algunas. Habla demasiado seguido y yo me cansé de pedirle que me repitiera lo que no entendía. Habla muy bajo y muy mezclado. Él parece un entrañable caso perdido y yo no quiero parecer más tonto de lo que ya soy, vengo siendo. Pero lo mejor de todo es que toda aquella historia del pescado, poco menos que envenenado, se la entendí entera, y eso que no paró de reírse en ningún momento.
Supongo que todo depende de la forma de afrontar las cosas. Por poco se muere y se tronchaba.
Esto, contado así no dice gran cosa. En verdad a todos podemos intoxicarnos, algunos más que otros, yo particularmente con bastante probabilidad. Pues si nunca fui un Arguiñano aún se comenta en Dooyoo la maestría de mi receta de Spaghetti a la carbonara, claro que yo soy maestro de un solo plato, a lo más de dos, no quiero resultar, a estas alturas, innecesariamente modesto. Lo que ocurre, es que no me pongo. Estoy lo mismo en la cocina que Goya peleado con las pinturas, negándose a entrar en un cuarto si hay un lienzo. Por eso he hecho del microondas mi mejor amigo, desde el café de la mañana, si es que no me falta nada para hacerlo, hasta la tarde en que me calienta las partículas de agua de cualquier producto que introduzca. Y lo calienta todo, que conste, sin dejar el centro frío. Aunque ahora, y esto es novedad, también me arriesgo a encender el horno. Es más lento, pero uno se ahorra tener que quitarle el envoltorio de plata a los canelones o a la lasaña :D.
Decía que no me complico demasiado en la cocina, ya sé, ya sé que tendría que hacerlo. Que obrando así estoy desaprovechando un don, pero es que cocinar para mí solo... ;)
Pero no quisiera desviarme un ápice de lo que venía contando (esto es que no quiero desviarme más). Este amigo mío es un paisanón mayor que viene todas las mañanas. El caso es que siempre me cuenta cosas, pero yo solamente le entiendo algunas. Habla demasiado seguido y yo me cansé de pedirle que me repitiera lo que no entendía. Habla muy bajo y muy mezclado. Él parece un entrañable caso perdido y yo no quiero parecer más tonto de lo que ya soy, vengo siendo. Pero lo mejor de todo es que toda aquella historia del pescado, poco menos que envenenado, se la entendí entera, y eso que no paró de reírse en ningún momento.
Supongo que todo depende de la forma de afrontar las cosas. Por poco se muere y se tronchaba.
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