viernes, 26 de octubre de 2007

El converso

Que mi historia no traiga dolor.

Nada particular - Miguel Bosé y Juanes



Lo malo de este sitio es que lo escribe alguien que apenas tiene un trazo de las cosas que escribe. Nada más algo leído hace no sé cuanto en algún lado, unos segundos rescatados entre el cambio de canales del televisor. Y de ese par de detalles yo largo un párrafo entero y lo presento como si fuera una verdad absoluta.

Claro que quien me conoce un poco sabe que en verdad no creo que haya verdades de ese tipo. Apenas una y tiene que ver con la muerte. Lo demás son actos de fe. Creencias que mueven voluntades. Por esa razón yo no me tomo nada demasiado en serio. Que es una forma bastante aceptable de confrontar las cosas, y hasta un punto heroica. También porque he conocido la tristeza a veces, que es bucear a dos metros de la superficie en el mar abierto, en medio de la nada, sin ruido, sin aire y a oscuras.


Así hoy vengo dispuesto a hablar de Tony Blair que creo que se quiere pasar al catolicismo siguiendo los pasos de su esposa porque le queda amor, supongo, y porque esa fidelidad a sus creencias es poco a la lealtad absoluta profesada por ella, a lo largo de los años, pese a las muy discutibles decisiones políticas que ha ido tomando, con el colofón de la guerra de Irak obviamente, que algunos aquí en España dan por zanjado como tema de discusión sin querer oír hablar más, que bastante llevan oído. Claro que la guerra continúa, ya no hay dictador pero no deja de morir gente. Sin embargo eso no interesa, les harta ese tema recurrente, y se dicen que ya vuelven esos con el tema de la guerra. Pero es que la guerra continua porque es actualidad de barbarie y muerte.

Hace unos días me maravillaba con la noticia de la operación a un feto dentro del vientre de su madre. Le apartaron el cordón umbilical porque existía la posibilidad de que se le anudara al cuello y terminara asfixiándolo. Eso me dio por pensar en la paradoja de esta vida, cuando la ciencia y la tecnología dan para llegar hasta avances de este tipo por preservar la vida humana, esa vida, mientras otras vidas, a miles de kilómetros nos importan tan poco.

Nos hemos acostumbrado. La muerte en aquellos lugares se nos ha hecho tan cotidiana que a nadie le preocupa. Ni siquiera habrá manifestaciones de alegría si una vez el horror se acaba. Es una cicatriz que abre y apenas cicatriza, si lo hace con los años, abre en otro lado. Es la guerra, siempre hay una en alguna parte.

Blair quiere pasarse al catolicismo, pero en su tierra los británicos le recuerdan su legado en las esquinas, son los fanáticos anti-guerra. Los mismos o casi los mismos a los que se les expulsaba de los mitines del Partido Popular los días previos a la debacle electoral. Los días en que había quien se ofendía ante las pegatinas del NO A LA GUERRA, se sentían insultados de cruzarse con cualquiera que llevara en su pecho aquel lema. Porque mantener aquel pensamiento era ir reprochando por la vida y valía más de pensar así, que fuera de manera clandestina. Mostrarse de acuerdo era ser pancartista, y enfrentado a la idea obstinada de defender el santo y seña de los que se encontraban juntos como una gran familia. Y no hablo de los políticos, que tienen que defender a sus jefes porque les va el sueldo y el crédito en ello, hablo de la gente de la calle, los anónimos ciudadanos, a lo más militantes que por no encontrar razones al otro lado tragaban con cualquier decisión, fuera la que fuera, para hacerla buena.

Blair llega al catolicismo superado el poder, y su llegada se podría entender como la extrema unción sino en el crepúsculo de la vida, que aún le han de quedar muchos años, sí a esa parte de la vida oscura y anónima de quien ya no tomara decisiones más importantes que si acudir o no al cine o a la playa para un fin de semana. Es decir llega para abrazar la fe de su esposa con la finalidad última del creyente en la Iglesia si ésta puede perdonar los errores de la vida, fueran los que fueran, si hay arrepentimiento. Claro que a Tony Blair el arrepentimiento no le viene de las decisiones tomadas, quizá sí de las consecuencias de sus decisiones.

Aunque la Iglesia debía tener también reservado el derecho de admisión, porque es seguro que no debe estar ansiando el día en que Tony forme parte.

Que duro debe ser vivir sabiendo que tus decisiones políticas por acción u omisión, tus decisiones al fin, han causado 600.000 muertos. Son muchos muertos para una sola vida. Muchos para sentir que el respaldo de un puñado de conocidos lo hará más llevadero.

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