lunes, 6 de febrero de 2006

La telaraña

Los recuerdos son como una telaraña. Algunos días uno se ve atrapado y todo lo mira a través de ellos. Cada suceso del día está tamizado por el recuerdo, como mirar la realidad cotidiana a través de una botella. La realidad de esta manera no se percibe tal cual es, sino con la distorsión de esos recuerdos. Cuando uno recuerda distrae la atención a una zona invisible, a un patio interior donde no corre el aire. Está despierto pero no es capaz volcarse en nada por entero. Está atento a lo de fuera y a lo de dentro, como un tendero que cobrara en la caja sin perder de vista la mercancía con la que juegan aquellos chicos.

Recordar es en si misma una acción esencialmente triste, porque el recuerdo es algo que fue y no es. Es un trozo de uno mismo de otro tiempo. Es una porción de la vida a la que se regresa salvando los detalles, con la sensación de orfandad del niño que perdió a su madre. A veces con la impresión de que aquello es si acaso el recuerdo de otro, otras veces constatando que no vivimos un presente perpetuo, sino un pasado constante en que los minutos son breves instantes de caducidad inmediata. Todo lo anterior construyó justo lo que somos, pero algo de nosotros se perdió en el camino.


Hay días en que ese pasado pesa como una losa, y uno lo arrastra todo el día seguro de no poder dar un paso más. Hay días en que el pasado vale más que el propio presente, que el día se consume como no vivido. Un día sin destino que no recordarás.

Los recuerdos son una telaraña y caes a ellos como una presa inadvertida. Entonces los movimientos se hacen costosos, quedas atrapado. Quieres correr, ahuyentarlos todos a voces, saltar más lejos y dejarlos a la intemperie, estancarlos donde no molesten, donde no reiteren que algo llevas vivido ya, que las cosas pudieron ser de otra manera.


Los recuerdos son como una sombra, lo persiguen a uno a todas partes. Solamente en sueños el recuerdo no importa, no fluye porque el sueño está liberado de toda condición temporal. Se sueña sin sentir por eso tampoco se recuerda.


Y lo peor es que esa nostalgia irracional que te sacude a veces, demostración de que estás vivo, de la que huirías tantas veces no tiene porque provenir de un recuerdo necesariamente malo; simplemente de uno hoy imposible. Y la amargura de aquellas veces en que volviste la cara al pasado para sentir una punzada es una razón que nos diferencia de los animales. Somos únicos porque a menudo la procesión va por dentro.

No hay comentarios: