viernes, 15 de julio de 2022


Llevo un tiempo sin venir, sin escribir. En los últimos tiempos falleció mi suegra y nos dejó a todos con la sensación de que no puede ser posible. 25 años han pasado desde que la conozco, y en ese tiempo seguro que he pasado más tiempo con ella que con mis propios padres, tal ha sido siempre el empeño de Sestea de que nos acompañara en todo. Era incorregible en sus dolores, siempre quejándose como una letanía esperada por anticipado. Pero precisamente por esperadas sus quejas no alarmaban a nadie, eran cosas que ella te contaba sin urgencia alguna, como si fueran así porque así tenía que ser. Hubo un tiempo en que se quejaba de un espolón en el pie y sus hijas gastaron 70€ en unos zapatos especiales solo para descubrir después de que no había espolón ni nada. Sólo una queja que iba desplazándose por todo el cuerpo como pasando revista de las distintas partes.

Ha sido algo inesperado que nos deja ante la difícil tarea de empezar a vivir una vida distinta. Nueva pero peor. Que me recuerda mi pregunta de dónde va el amor, no el de los que nos quedamos que lo sentimos como al fondo de un abismo que nos aleja de la vida, sino el de quien se va. Dónde va ese amor. La certeza ya conocida de que el amor no lo puede todo aunque lo justo sería vivir por siempre mientras haya amor. Es imposible imaginar un amor mayor y más entregado que el de sus hijas. Tan exagerado que rayaba lo inmerecido, no tenía que hacer nada para tenerlo, no estaba sujeto a mérito alguno, lo tenía sin más, porque sí. Y el amor se tornaba en este caso en lo más preciado de la vida, puedo ver claro que no hay nada de mayor valor, era el tiempo, el tiempo para dedicárselo a ella.

Ahora el dolor de la ausencia, también para Pablo, que recién comienza y ya ha perdido aunque él casi no se de cuenta. Me doy cuenta yo, cuando la recuerdo diciéndole "Mi chico" y me encuentro ante un porvenir huérfano de un futuro con ella. Yo que he leído tres libros sobre el duelo para empezar a entender lo que de ningún modo puede entenderse, que me ha devuelto a la impresión más básica de la vida. A lo esencial que pende de un hilo como nosotros. Somos animales vivos por un rato. El ñu que cruza el río entre cocodrilos y corrientes. Estamos mientras estemos y después dejaremos de estar aunque el mundo siga girando y la luna salga todas y cada una de las noches. Todo es accidental. Cumples años y un día dejamos más cosas atrás de las que encontramos por delante, y sentimos las ausencias como si la vida fuera una ciudad en ruinas, la ciudad que una vez conocimos.

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